Semana Santa

Nadie pudo con la Madrugá

Tres Caidas de Triana

Eran las dos de la mañana cuando la Capilla de los Marineros abría sus puertas para dar comienzo a una nueva Madrugá de Viernes Santo. Salió el Cristo de las Tres Caídas a la calle y la Cruz de Guía casi alcanzaba la Plaza de la Magdalena cuando, de repente, comenzó a levantarse un murmullo que cada vez se hizo más potente y vino acompañado de un tumulto de personas que provocaron una avalancha.

No sería la primera en la noche, ni la primera en la historia de la Semana Santa sevillana, que por desgracia está bien acostumbrada. Seis incidentes más en distintos puntos de Sevilla siguieron sucediéndose durante la noche: dos veces a la hermandad de la Esperanza, dos a la hermandad del Silencio…

El resultado fueron 100 personas atendidas en los dos hospitales principales de la capital y más de 8 detenidos por desorden público, aunque al parecer se trataba de hechos aislados sin relación. Unas horas más tarde se conocía la triste noticia de que uno de los más afectados en estas avalanchas, un anciano que había sufrido un traumatismo craneoencefálico, fallecía. Es por ello que las autoridades siguen investigando los hechos de esta pasada madrugá.

Pero Sevilla, que es una ciudad a la que le sobra la fe, se sobrepuso, y continuó con su noche mágica sin que ningún desalmado pudiese destrozarla. Pasadas las 12 de la mañana, el Cristo de las Tres Caídas venía de vuelta por Pelay Correa, impasible hacia su capilla. Y Triana lo recibió entre pétalos, aplausos, rezos y alguna que otra lágrima. De costero a costero, con el izquierdo atrás, retrocediéndo y en el saludo a Santa Ana…¡Qué grandes esos costaleros que después de tantas horas siguieron regalando a su barrio lo que les gusta! Trianeando llegaba el Tres Caídas.

Aproximadamente una hora después aparecía su madre marinera, para deleitar a su barrio con esos vaivenes de bambalina de los que solo ella es capaz de presumir. Una lluvia de pétalos desde la torre de la antigua Catedral, la Parroquia de Santa Ana, nos regalaba a los ojos una imagen inigualable. Y es que la Esperanza no se quería recoger, quería quedarse un ratito más en las calles de su barrio.

La fe, la devoción y la tradición, permaneció en una Sevilla, que aunque tocada por los acontecimientos acaecidos, no se rindió al vandalismo.

Saray Albenca

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